Un año después del golpe parlamentario que sacó a Dilma Rousseff de la presidencia, Brasil se encuentra cada vez más sumergido en la incertidumbre. Está claro ahora, para todos y no solamente para la izquierda, que la presidenta ha sido derrumbada para que los reales ladrones tomaran el poder (literalmente) de asalto y para que la operación Lava Jato, que hace tres años investiga la corrupción en la política brasileña, se estancara. Como decíamos: Dilma cayó por sus virtudes, no por sus defectos. 

El desastre de la salida de Dilma del cargo tiró el país en el caos político e institucional. Michel Temer, su vice, al contrario de ella, contra quien nunca hubo señales de corrupción, aparece ahora en la investigación como sospechoso de prevaricar e intentar obstruir la justicia, razones por las cuales el Orden de Abogados de Brasil pide su impeachment. O sea, en menos de dos años, nuestro país puede ser sometido a un nuevo proceso de destitución del presidente. Parece que los brasileños entramos en una fase de “infierno astral” que no acaba más.

Un sencillo ejercicio de futurología es necesario para entender por qué sin Dilma estamos peor que con ella: si la presidenta todavía estuviera en el cargo, tendríamos elecciones normalmente el próximo año. Los efectos de la inestabilidad patrocinada por la mídia no se harían sentir tanto en la economía. Probablemente Dilma hubiera gobernado de manera difícil, con la oposición y la prensa hegemónica (encabezada por O Globo, casi un partido político en Brasil) en sus talones, pero nuestra frágil estabilidad democrática estaría asegurada. Incluso para la oposición al PT sería mejor, porque llegarían al 2018 más fuertes para al fín retomar el poder. O no.

Este “o no” fue lo que encendió en el PSDB y en Aécio Neves, el candidato derrotado por Dilma en 2014, la tentación autoritaria. Han preferido lanzar el país al abismo qué esperar democráticamente otros cuatro años. Seguro de que la justicia y el caso Lava Jato protegía a los “tucanos”, como son llamados los del PSDB, Aécio no contaba ser enredado en la operación después de ayudar a sacar a Dilma del poder, pero cayó: fue flagrado pidiendo dinero al empresario Joesley Batista, magnate de las carnes que se transformó en delator premiado, e intentando sabotear la investigación.

Mientras permanece Temer, el gobierno de derechas destruye todas las realizaciones sociales del PT. En un año, fueron aprobadas leyes que sacan dinero de la salud y de la educación pública por los próximos 20 años, e intentan acabar con los derechos de trabajadores y jubilados. Al mismo tiempo, sus aliados “ruralistas” (grandes propietarios de tierras) logran criminalizar a antropólogos e indígenas y avanzan sobre la Amazonía. El presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, posible sucesor de Temer acaso salga, ya aclaró que poco importa quién esté en el Palacio del Planalto: las reformas saldrán sí o sí para “agradar al mercado”.

O sea, de donde quiera que se mire, no hay salida para Brasil en corto plazo. La mejor solución parece ser anticipar las elecciones a la presidencia, pero el Congreso corrupto seguirá. Bajo una visión de izquierda, si el expresidente Lula, también investigado en el caso Lava Jato, es candidato y gana, ¿quién nos puede garantizar que no lo van a sacar por un nuevo golpe, y de esta vez, militar? No es fácil quitar de la mente el fantasma de otro líder popular, Getúlio Vargas, que salió del Palacio de Gobierno en 1954 suicidado con un tiro en el pecho.


Lava Jato

Por otro lado, ahora que finalmente llegó a los tucanos y a Temer, y no solo al PT como antes, es innegable que el escándalo Lava Jato nos hace un favor a los brasileños. Todos sabían cómo se hacían las campañas electorales acá, pero nadie ha sido capaz de sacar la verdad a la luz, como lo hizo la operación (y, justicia sea hecha, el PT jamás impidió). Es una pena que tuviera, desde el principio, la clara intención de perseguir a Lula y al PT, a pesar de la afirmación de los procuradores de que buscaban “limpiar la política”. El jefe de Lava Jato, el juez Sergio Moro, por ejemplo, aparece confraternizando animadamente con los “tucanos” y Temer.

Pero enseñar la basura de la política a los ciudadanos tiene sus aspectos positivos. En la izquierda, nadie soportaba más las relaciones del PT con el PMDB, el partido de Temer. Imagínense que si no fuera por toda esta purga nosotros aún tendríamos los corruptos de este partido como aliados. Así sería posible que Lula llegara a ser candidato en 2018 ¡con Temer como vice! No hay mal que para bien no venga... El PT incluso ensaya un giro a la izquierda, cosa que sus electores le pedían hace tiempo, sin éxito.

No es por casualidad que nos tornamos el blanco de los “memes” del equipo de guionistas de la serie estadounidense House of Cards. La “soap opera” Brasil supera la imaginación del más fértil creador de ficción. Ojalá sepamos aprender las lecciones de estos tiempos surrealistas y salgamos de esta en mejores condiciones de la que entramos.


(Fotos: Lula Marques/agencia PT)